
-¿mostaza sin bolitas?, debe ser un descuido. en fin, como te decía. al fin lo encontré, ni siquiera tuvieron que señalarlo supe quien era desde que entré al bar. lo deberías haber visto, todo era tan, tan perfecto. burdo, obscuro, sucio…-decía ella mientras se acariciaba su larga y dorada cabellera, en el coctel anual de la revista en la que invertía sus horas.
-no tienes que decírmelo, puedo imaginarlo a la perfección. es gracioso si lo piensas, la necesidad de la gente por sentir algo en estos tiempos- respondió su amiga mientras sostenía delicadamente una copa grande de vino tinto en su mano.
-sí, lo es-dijo ella bajando la mirada y aprovechando el momento de silencio pidió disculpas y salió en busca de aquella perfección. esta vez, lo saludaría, hablarían horas. él preguntaría la razón de su interés; ella, adularía su trabajo, todo sería perfecto.
al llegar a la puerta de aquel viejo y descuidado bar se congelo a la entrada, pensó por un momento lo que diría, y hubiera seguido parada ahí, junto a la puerta, de no haberse abierto ésta a la vez que entraban, a las carcajadas, un par de hombres borrachos que salían como un tufo embriagante del bar. estupefacta de sí misma, tomó una gran bocanada de aire, esbozo una gran mueca como una sonrisa y entró. en el momento de cruzar el umbral, él ya se aproximaba a la salida; andrajoso, sucio, pestilente a la cruda que no llega nunca, como siempre. se cruzaron y ella hábilmente le estorbó el camino y le saludo familiarmente -hola, ¿quién eres?- dijo tratando de llamar su atención.
-¡ah!, la eterna pregunta. no lo sé- contestó él, la esquivó y continuó su paso hacia la calle, hacia la vida.
María Magdalena